viernes, 6 de mayo de 2011

Capítulo 1: Frío

"El destino se abre sus rutas." -Virgilio

Despertó. No es fácil describir qué sucedió. No estaba allí, y de golpe allí estaba: suspendido en el agua, como un bebé en la placenta de su madre. Sólo que esa era una placenta congelada. El hielo se deshacía por momentos, y de no sentir nada pasó a sentir una sola cosa: frío. El tanque se vaciaba, y a medida que lo hacía, a medida que su cuerpo recuperaba movilidad, él notaba su existencia. Notaba que era un “él”.
La compuerta soltó un ruido por la descompresión y, despidiendo vapor por el paso del sólido al gas, se abrió. Él se quedó flotando por unos segundos. Los segundos que tardó en darse de bruces contra el suelo. Éste era de metal.

Poco a poco iba recuperando la vista. De verlo todo en blanco pasó a distinguir distintos matices y, segundos más tarde, pudo ver dónde se encontraba. Estaba oscuro y helaba; apenas unos haces de luz ultravioleta dejaban entrever las docenas de sarcófagos cubiertos de escarcha que le rodeaban.
No sin gran esfuerzo se incorporó. La sala era más grande de lo que en un primer momento le había parecido. Se acercó a aquella cosa que le había servido de lecho durante un lapso indeterminado de tiempo y empezó a palparla, a buscar alguna respuesta en ella. El tacto era fresco pero no molesto. Quizás sus ansias por saber el porqué de su estancia allí dentro le hacían invulnerable. Quería saber.

Encima del panel de mandos del tanque, congelada como todo en aquella sala, había una etiqueta extraña, una especie de código de barras. Aunque la tenue luz y sus ojos debilitados le impidiesen leer a la perfección lo que ponía en ésta, se dio cuenta que no estaba completa, que la parte donde tenía que figurar un nombre estaba rasgada.

Entonces fue cuando se dio cuenta de que además de no saber dónde estaba, tampoco sabía quién era. Miró su reflejo en el vidrio. Y tampoco qué era.

Sorprendido y frustrado, se acercó al tanque adyacente y con sus brazos quitó el vaho y la escarcha con tal de ver qué había dentro. Necesitaba respuestas, y en esa sala había docenas de sarcófagos como el suyo que le podrían dar una pista. Lo que vio le provocó un sobresalto. Desde luego aquello que estaba observando no era como él. Más peludo, con una prominente boca… Tuvo un rápido flashback. Vagos recuerdos de su infancia le vinieron a la mente. Recordó haber visto uno de éstos en algún momento del pasado. ¿Cómo se llamaba? No conseguía distinguir qué era, pero estaba seguro de que ya lo había visto en alguna parte, en algún momento. Y mientras, el peludo ser allí estaba, completamente aletargado, ajeno a todo lo que estaba ocurriendo a escasos centímetros de su rostro. Dormido. Como él se encontraba hacía unos segundos.
Azotado por la curiosidad empezó a buscar en los otros tanques y fue encontrándose con numerosos seres de distintas formas y colores. Aunque cada uno era más extraño que el otro, todos ellos le recordaban a algo mas ninguno era como él.
Mientras avanzaba torpemente por la gran sala comenzó a notar que sus pies descalzos tenían molestias. Iba desnudo, y su fisiología no había estado diseñada para vivir en semejantes temperaturas. Buscó algo con que cubrirse, y cerca de una gran compuerta encontró un par de uniformes blancos que brillaban bajo los rayos ultravioletas. Rápidamente se enfundó uno y sintió cómo empezaba a entrar en calor. Un pequeño emblema resaltaba en el centro del mono.
Segundos después, alzó la vista y observó la compuerta detenidamente. Sus impulsos le pedían que saliese de aquella cámara. Aunque el traje le protegía de las bajas temperaturas, su cabeza estaba al descubierto, por lo que tanto ojos como orejas ya se le resentían. Tenía que abandonar el lugar tan pronto como le fuese posible.
Se acercó a la compuerta y ésta desprendió varios láseres rojos para escanearle. Sorprendentemente, cuando acabó, se encendió una luz verde, y la compuerta se deslizó hacia arriba con notable estruendo. Hacía tiempo que no se abría y los sonoros chirridos daban fe de ello.
Por unos segundos volvió a perder la vista. Acostumbrado a la oscuridad de la sala, la abundante luz del pasillo le cegó sobremanera. Cerró los ojos, y poco a poco fue recuperando de nuevo la vista.
Se aproximó al enorme ventanal. A través de éste podía contemplar boquiabierto como, a sus pies, se erigía la majestuosidad del espacio coronada por un enorme y extraño planeta.
¿El problema? No sabía cómo llegar.


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